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Home Kit 1 Capítulo IV La actitud, el manejo del cuerpo y la afectividad
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La actitud, el manejo del cuerpo y la afectividad

El adulto debería someterse a un proceso de cuestionamiento interno, de trabajo cotidiano sobre su persona y las actitudes desde el rol:

  • Cuestionar la actitud arrolladora, la lógica de conquista y de guerra que obtura los caminos hacia la participación. “Hay una evidente tensión entre la legítima y constructiva necesidad de afirmarnos y la ilegítima y destructiva convicción de que somos superiores a los demás” (Corona y Morfín, 2001).
  • Cuestionar la serie de ideas, prejuicios y juicios de valor que condicionan la actitud y la relación con los adolescentes. Si se cree que son apáticos, rebeldes, distraídos, promiscuos, drogadictos y están para la suya, se establecerá un tipo de vínculo. Si se los cree libres, siempre divertidos, comprensivos, creativos, solidarios, fácilmente motivables, otra será la actitud, que también variará si se los considera inhibidos, con necesidades de comunicación y de afecto.
  • Apostar a una actitud lúdica, contagiante de alegría, que desacralice el vínculo y acerque al adulto a los adolescentes, sin olvidar los límites en la relación, ya que, si éstos se pierden, serán reclamados por los adolescentes.

Los adultos deberían dedicarle al manejo del cuerpo algunas reflexiones y destaques en cuanto a lo que a la actitud refiere:

  • Su importancia en el momento de establecer nuevos vínculos. Cuando se conoce a alguien, las primeras impresiones (simpatía o antipatía) tienen más que ver con miradas o actitudes de los otros que con palabras. Si se observa un grupo de adolescentes en la esquina, dueños absolutos del lugar, ¿qué reacciones generan en los adultos? Si ríen a carcajadas justo cuando pasa a su lado un adulto, ¿qué piensa ese adulto?
  • Asumir que, así como el adulto percibe, el adolescente también se da cuenta. Si se está contento o deprimido, si algo molesta, si la situación sobrepasa al adulto, si se tiene miedo de estar con ellos o si se está deseando salir del lugar… Todo ello es percibido por los adolescentes.
  • Poder aceptar ciertas formas de moverse. El cuerpo de los adolescentes también se expresa. Lo hace en lo colectivo —cuando en la barra se tocan, empujan, atropellan, gritan— y también en forma individual —cuando alguien se aparta de un grupo, cuando uno se acerca a los otros y éstos se apartan.
  • Mirarlos en acción. Esto permite anticiparse, acercarse a las problemáticas y a las realidades. Reconocer un conflicto sin que medie palabra, captar enojos, percibir ambientes, implica tomar datos corporales.
  • Asumir que la postura al momento de establecer distancia o cercanía con los otros es determinante en la construcción del rol de facilitador y en el proceso de participación. Compartir juegos e instancias menos formales, como paseos y campamentos, ayuda a desrigidizar los cuerpos y por ende las relaciones. Habilita un redescubrimiento de las personas, en tanto se produce un correrse de los lugares habituales.
  • Reconocer la importancia del tacto en la construcción de relaciones afectivas. El ser humano es piel que recubre, que siente y percibe; tacto que descubre, que fomenta la cercanía afectiva que rompe con la distancia entre los cuerpos y promueve una nueva relación. Negar la importancia del tacto en la construcción de vínculos supone esconderse en la relación de poder más tradicional, aquella que imprime distancia. Cuántas veces una mano sobre la cabeza o sobre el hombro ha obrado como un tranquilizante en un adolescente exaltado o ha permitido al adulto acercarse a quien se encontraba dentro de su caparazón.

El adulto debería reconocer la importancia de la afectividad, su estrecha relación con la actitud y el cuerpo, la necesidad generalmente escondida de dar y recibir afecto, de ser aceptado y reconocido.

  • Superar las resistencias que existen, para aceptar que el conocimiento está cruzado por las emociones, por la pasión y por la afectividad, ya que en general la educación busca esconder las emociones.
  • Aceptar que participar también es involucrarse, poniendo en juego emociones y sentimientos. La construcción de un vínculo afectivo positivo, afectuoso, cercano, respetuoso, abierto a todas las voces, favorece las ganas de estar.
  • Asumir que la afectividad tiene su soporte en el cuerpo, en el gesto, pero esencialmente es en el tacto, en el agarre, en la caricia, donde se muestra con mayor énfasis. Se habla de una necesidad humana que se sostiene en uno de los sentidos de la capacidad de percibir cuándo el tacto no es afectuoso, cuándo el tacto es un compromiso, algo que no se siente y que por lo tanto no logra la cercanía que se menciona.